
Aterricé, literalmente. Extenuado. Diez horas encerrado en un avión de una pésima y muy española compañía aérea, rodeado de hormonas de ambos sexos con poca educación y acento colombiano, son demasiadas. Controlo a duras penas las ansias de estrangular a un joven tras otro con sus propios pañuelos de cuello y de colores, los que los identifican como ganado peligroso, y abandono suelo internacional. No me reciben ni nubes ni una imperceptible pero molesta lluvia fina, así que deduzco que no es aquí donde pasé mis últimos tres años, tres meses y tres días. Miro más atrás y me sitúo a duras penas. Muy duras. La complejidad del ejercicio memorístico me obligará a reinventarme; una vez más. Unos pocos minutos en coche, sin sándwiches minimalistas ni azafatas sobreactuadas, y a casa; la vieja, la nueva, la que no me obliga a pagar un alquiler. Todo es más complejo y hay poco donde agarrarse; y lo poco que hay lo fulmina un correo electrónico mal escrito. El mar cristalino estaba deliciosamente caliente, más que la arena blanca. El agua de la piscina está fría, ideal para meter la cabeza dentro y activar la memoria selectiva y esa parte del cerebro que le permite a uno ser creativo. Hay tiempo, pero la agenda pide a gritos que la rellenen con sentido. Aterricé, pero sigo sin poder poner los dos pies en el suelo.


